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Archive for the ‘Religión’ Category

Libro de Eclesiástico 6,5-17.

Las palabras amables te harán ganar muchos amigos, un lenguaje cortés atrae respuestas benevolentes.

Ten muchos amigos, pero para aconsejarte escoge uno entre mil.

Si has encontrado un nuevo amigo, comienza por ponerlo a prueba, no le otorgues demasiado pronto tu confianza.

Hay amigos que sólo lo son cuando les conviene, pero que no lo serán en las dificultades.

Hay amigos que se transforman en enemigos y que dan a conocer a todo el mundo su desavenencia contigo para avergonzarte.

Hay amigos que lo son para compartir tu mesa, pero que no lo serán cuando vayan mal tus negocios.

Mientras éstos marchen bien, serán como tu sombra, e incluso mandarán a la gente de tu casa.

Pero si tienes reveses, se volverán contra ti y evitarán encontrar tu mirada.

Mantente a distancia de tus enemigos y cuídate de tus amigos.

Un amigo fiel es un refugio seguro; el que lo halla ha encontrado un tesoro.

¿Qué no daría uno por un amigo fiel? ¡No tiene precio!

Un amigo fiel es como un remedio que te salva; los que temen al Señor lo hallarán.

El que teme al Señor encontrará al amigo verdadero, pues así como es él, así será su amigo.

 

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El desespero de Judas

“Judas se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo: -He pecado entregando a este hombre inocente.- Ellos le replicaron: “¿A nosotros, qué nos importa? Tú verás.” El fue y se ahorcó” (cf Mt 27,3-5)

Dios le dijo a Santa Catalina: -El pecado imperdonable, en este mundo y en el otro, es aquel que despreciando mi misericordia no quiere ser perdonado. Por esto lo tengo por el más grave, porque el desespero de Judas me entristeció más a mí mismo y fue más doloroso para mi Hijo que su misma traición. Los hombres serán condenados por este falso juicio, que les hace creer que su pecado es más grande que mi misericordia… Serán condenados por su injusticia, cuando se lamentan de su suerte más que de la ofensa que me hacen a mí.

Porque esta es su injusticia: no me devuelven lo que me pertenece, ni se conceden a ellos mismos lo que les pertenece. A mí me deben amor, el arrepentimiento de su falta y la contrición; me los han de ofrecer a causa de sus faltas, pero hacen justo lo contrario. No tienen amor y compasión más que por ellos mismos, ya que no saben más que lamentarse sobre los castigos que les esperan. Ya ves, cometen una injusticia y por esto quedan doblemente castigados, por haber menospreciado mi misericordia.

Santa Catalina de Siena (1347-1380), Diálogo 37

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Cultura De La Muerte

17 diciembre, 2012 Deja un comentario

Herodes 3.0

La humanidad durante casi dos mil años pensó y entendió que Herodes (el Grande) fue un rey despiadado, cruel y sin corazón, que ciego por su ambición de gobernar no titubeó ni un segundo en pasar a degüello a todas las criaturas de la ciudad de Belén y sus aledaños.

Hoy, muchos siglos después, asistimos horrorizados, como aquellos padres de Belén, a la gestación de una nueva matanza indiscriminada de inocentes, que las nuevas hordas herodianas actualizadas, modernas y democráticas  preparan. Ya no se oye el rechinar de las piedras que afilan espadas, sus nuevas armas son el derecho a elegir y la libertad.

Cuando por fin se desate el desastre, cuando se levante el impedimento, no se escucharán lamentos ni llantos pues las heridas que provocan las nuevas armas son silenciosas. Pero el clamor de las criaturas masacradas, como en Belén de Judá, resonará en el cielo. Su voz será oída en lo alto, en Ramá.

Al igual que los inocentes muertos por causa del nacimiento de Cristo, estos inocentes argentinos, “no tienen edad para creer en la pasión de Cristo, pero tienen la carne para soportar por Cristo la pasión que él hubo de padecer” (San Agustín, sermón de Epifanía).

Sí, así, ofrendando su vida para quien tuvo una noche placentera, pueda seguir con su farra. Para que gente con derecho a divertirse pueda continuar con su parranda a cualquier el precio. Para que mujeres poseídas por el goce desordenado puedan tener el derecho a decidir sobre su cuerpo. Para que la gente que sin medida alguna, cegados por un afán irrefrenable de pensar únicamente en su bienestar, que  prefiere la muerte inocente a que se limiten de sus derechos y sus pasiones, puedan pasar por alto el orden de las cosas y despreciar su vida inerme.

La otra cara de la moneda son los que mueren para que ellos sean felices. El martirio. Santo Tomás explica que es el más perfecto de los actos virtuosos, que “matryr” significa testigo y martirio es dar testimonio de la fe. Los inocentes de Belén dieron testimonio de Cristo y nuestros inocentes de hoy atestiguan la época impía en la que nos toca vivir.

¿Es la hora del martirio? Eso parecería, pero no del nuestro. Nosotros parecería que por más que busquemos dar testimonio ya no sirve, que ya estamos perdidos.  Es el tiempo de los inocentes, de quienes no tienen pecado: son ellos quienes dan la vida por nosotros. No hay mayor amor (San Juan, 15-13). Es el acto de máxima caridad.

Podrá objetarse que el martirio de los no nacidos, no es un martirio a causa de la fe, y que sólo la fe es causa de martirio. Pero nos explica el Aquinate, que las obras de todas las virtudes en cuanto manifestaciones de fe, pueden ser causa del martirio y nos da el ejemplo de San Juan, cuyo martirio se dio por denunciar un adulterio.

El martirio se da a causa de la persecución, que nace del poder político, pues las ansias de poder y de gobernar ciegan y llenan de ambición.

Cuando las ansias de gobernar gobiernan a quienes gobiernan ya no gobierna el gobernante sino su cólera inextinguible que a todo sospecha y teme y arrasa con todo a su paso (ver C.A. Pseudo Crisóstomo, opus imperfectum super mateum, hom. 2).

Ya no importan las consecuencias si sus cometidos se cumplen, el famoso “daño colateral”. Si más votos significa homicidio indiscriminado de personas por nacer, no importa, adelante. Con un protocolo de actuación me agencio una buena parte de la Ciudad, la misma que ya gané cuando anoté sus hijos comprados en el extranjero como propios, la misma que gané cuando permití la unión proterva y aún más, ahora vamos por más, ahora incorporo a aquellos que faltaban. ¿Quién se va a oponer a que una mujer violada aborte?

El efecto es perfecto, el sentimentalismo por delante. Una mujer violada, ultrajada,  insultada, ofendida, mancillada, embarazada. ¿Quién se va a oponer? ¿El niño, el bebé, la persona por nacer?  Ese pobre mártir nada puede hacer. Él solo espera que la única persona que conoce en el mundo, lo ayude. Él no puede oponerse, no tiene voz, no tiene voto, no tiene oportunidad, no tiene fuerza, no tiene escapatoria, no tiene opción, no tiene derecho a elegir sobre su cuerpo; sólo tiene su carne para soportar el martirio, y al igual que los inocentes de Belén darán testimonio de lo que Él tuvo que padecer.

Lucas Trigo

http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/2012/12/cultura-de-la-muerte.html

 

La misa es una fiesta muy alegre

Por Raúl del Toro 

Este es el título de una canción que en la parroquia de mi infancia y adolescencia solía ocupar el lugar del introito en las llamadas misas de niños (algún día hablaremos de esta singular aportación psicopedagógica a la Economía de la Salvación). El texto comenzaba así: La misa es una fiesta muy alegre, la misa es una fiesta con Jesús.

Me vino esto a la memoria al leer una entrevista al sacerdote carismático brasileño Marcelo Rossi. El padre Rossi, junto con algunas ideas un tanto discutibles, dice cosas con muy buen sentido. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus propuestas respecto a la música litúrgica: No hay que cambiar la liturgia, sólo la música. La misa necesita alegría, y la música alegre hace participar. Sin duda el padre Rossi dice esto con la mejor de las intenciones, y me consta que hay muchos católicos que coinciden plenamente con él.

Nadie duda de que la fe ha de ser alegre, y de que el conocimiento y la aceptación de la salvación operada por Cristo debe producir ante todo una profunda y agradecida alegría. Ahora bien, ¿estamos de acuerdo en cómo deba ser esa alegría?

Da la impresión de que para muchas personas la palabra “alegría” acaba asociándose fácilmente a conceptos como “divertido”, “ameno” o “no aburrido”.

Muchos sacerdotes que procuran aplicar fielmente en sus parroquias las disposiciones de la Iglesia en cuanto a liturgia y música litúrgica conocen perfectamente las dificultades y malentendidos pastorales en este campo. No ya el gregoriano o la polifonía más exquisita: cualquier canto que no se ajuste a los paupérrimos estándares que en cuanto a texto y música se han hecho habituales en las últimas décadas es rechazado por no pocos fieles como “incomprensible”, “aburrido”, “poco popular”, “demasiado serio”, “triste”, y, sobre todo y lo más temible, vaciador de iglesias. Curiosamente suelen merecer este juicio los cantos más fieles a la ley y el espíritu de la liturgia católica.

Vengamos un momento a la doctrina católica sobre la Eucaristía. Entre la infinidad de referencias posibles, podemos fijarnos en el número 1367 del Catecismo de la Iglesia Católica, que repite la doctrina de siempre tomando las palabras con que a su vez la recordó el Concilio de Trento:

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “La víctima es una y  la misma. El mismo el que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo en la cruz, y solo es diferente el modo de ofrecer” (Concilio de Trento: DS 1743). “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz “se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento”; […] este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio” (Ibíd).

De modo que la celebración de la Misa es el mismo y único sacrificio de Cristo en el Calvario. Para describir este momento sublime se me ocurren muchos adjetivos: liberador, trágico, asombroso, inesperado, increíble, cósmico… pero desde luego no “divertido”, ni “ameno”, ni cosa que se le parezca.

Hay además otro punto que merece atención: esa preocupación por fomentar a toda costa un sentimiento de alegría. Los Evangelios nos dicen que Jesucristo, Dios y hombre perfecto, no sintió siempre alegría. Lloró con la muerte de Lázaro, fue iracundo con los mercaderes del Templo, se enfadó severamente cuando era necesario para corregir a los que le oían, y su alma estuvo triste hasta la muerte durante la espera angustiosa en el Huerto de los Olivos.

Esa pretensión de que el estado psicológico del cristiano en las celebraciones deba ser siempre de entusiasmo y diversión, fomentado si es necesario con bailes, gritos, palmas y saltos, no responde a la verdad ni desde el punto de vista  meramente antropológico ni desde el punto de vista teológico-espiritual.

Veamos algunas de las antífonas de entrada del Misal Romano y del Ordo Cantus Missae de 1972. Aunque en el Misal Romano no aparecen para ser cantadas sino con el fin de suplir la falta de canto, en su mayor parte presentan el mismo texto que las antífonas del Ordo Cantus Missae, que a su vez retoma el repertorio gregoriano. Los testimonios más antiguos conocidos de estas antífonas gregorianas sobrepasan los mil años de antigüedad, y hay poderosas razones para afirmar que su origen está bastante más atrás en el tiempo. Recordemos también que, a diferencia de tantos cantos popularizados actualmente, el texto es siempre Palabra de Dios.

Aunque casi nadie las cante hoy día y sean las grandes ausentes de la misa dominical -precisamente cuando hay canto-, merecen la máxima atención como exponentes de la auténtica liturgia de la Iglesia. He preferido hacer la selección entre las del Tiempo Ordinario por la mayor “neutralidad” afectiva de este tiempo litúrgico respecto a los tiempos fuertes (Cuaresma-penitencia, Pascua-alegría, etc.)

Domingo IX: Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido. Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados, Dios mío. 

Domingo XI: Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación. 

Domingo XVIII: Dios mío, dígnate librarme: Señor, date prisa en socorrerme. Que tú eres mi auxilio y mi liberación: Señor, no tardes. 

Domingo XXI: Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Domingo XXVI: Lo que has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no pusimos por obra lo que nos habías mandado; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu abundante misericordia. 

Obviamente no todas las antífonas de entrada tienen este tono. Hay muchas otras que sí expresan más claramente un estado de alegría, pero si cito estas es para demostrar lo infundado de algo así como una risa permanente en la liturgia.

Es inútil agotarse en la discusión sobre los detalles de cómo deba ser técnicamente la música sacra si antes no se fijan los fundamentos teológicos y espirituales de la vivencia litúrgica. Uno de los grandes peligros hoy en día es que la liturgia sea reducida a una herramienta que hay que adaptar y modificar en función de otros objetivos: ya sea la búsqueda de esa “alegría” externa que será más “eficaz” en la evangelización, o el que venga más gente a la iglesia, o que no dejen de venir los que vienen, o que no se aburran los niños, o los jóvenes, o que las celebraciones sean “alegres”, “divertidas” y “participativas”… Objetivos más o menos buenos, pero siempre centrados en el hombre, en la comunidad, siempre de tejas abajo. Y lo peor: que no muestran una actitud de humilde recepción de la liturgia tal y como la establece la Iglesia, aceptándola como acción de Dios en el hombre y a través del hombre.

Nosotros no sabemos rezar, ante Dios sólo somos capaces de balbucear. La liturgia nos enseña a orar como Dios quiere, y no como queremos nosotros.

Vienen al pelo las palabras de Benedicto XVI en la audiencia de ayer miércoles: Dios nos ha dado la palabra y la sagrada liturgia nos ofrece las palabras; nosotros debemos entrar en el interior de las palabras, en su significado, acogerlas en nosotros, ponernos en sintonía con estas palabras; así nos convertimos en hijos de Dios, similares a Dios.

Y también las palabras del profeta Isaías: En ése pondré mis ojos: en el humilde y abatido que se estremece ante mis palabras.

Notas del autor:

  1. No es necesario pertenecer a la Renovación Carismática ni a ningún otro movimiento o institución de la Iglesia para que se obre plenamente la santificación querida por Dios en cada uno. Simplemente hay que seguir la vocación que cada uno discierna prudentemente. De modo que un católico que no haya participado en la RC no es una especie de cristiano “provisional”, inmaduro o pendiente de una iluminación extraordinaria que tenga que llegarle de la RC.
  2. No asociemos demasiado automáticamente la acción del Espíritu con los “subidones” afectivos con lágrimas, risas, abrazos, etc. Recordemos que el camino de Cristo es el de la Cruz, y ésta en los santos ha pasado siempre por una purificación en forma de sequedad, oscuridad, soledad, aparente abandono, dudas, en fin, todo lo contrario de una “juerga” o “fiesta” litúrgica.
  3. Este no es el momento de celebrar las Bodas del Cordero, al menos en su plenitud. Militia est vita hominis super terram: el cristiano está en lucha con el mundo, el demonio y la carne. Hasta que llegue la muerte es tiempo de merecer… o desmerecer. Nadie puede dar por supuesta la muerte en gracia, la perseverancia final es una gracia que implorar y recibir. Y después de la muerte en gracia hay que ver si cada uno ha sido purificado ya de sus pecados en este mundo o debe pasar por el Purgatorio. Y después viene la resurrección de la carne, y el Juicio, y … Como ves, falta bastante para que se cumplan las Bodas del Cordero con la Nueva Jerusalén. Por eso es precipitado, además de un serio desenfoque doctrinal y espiritual, empezar a gritar, saltar y bailar celebrando y dando por supuesto algo que todavía no ha sucedido, y que de hecho, ninguno tenemos la completa certeza por ahora de que vaya a suceder con nosotros. Por lo tanto, lo que prima ahora, y esta ha sido la doctrina católica de siempre, es el aspecto sacrificial de la Misa, para obtener la gracia de ser hechos partícipes de la Nueva Jerusalén en los cielos nuevos y la tierra nueva. Lo contrario puede despedir un cierto aroma a protestantismo (Ojo: no digo que tú estés incurriendo en eso).
  4. Donde hay que ver la acción del Espíritu en primer lugar es en el magisterio de la Iglesia visible, que en materia litúrgica y musical tiene una enseñanza tradicional y constante en la dirección que indica el artículo. No sería buena cosa andar buscando “revelaciones” suplementarias o alternativas. Aclaro, por si es necesario, que esta enseñanza tradicional de la Iglesia no consiste en la exclusividad del gregoriano o la polifonía romana del XVI. Pero sí previene con absoluta claridad contra la mundanización y el antropocentrismo de las celebraciones.

Notas del P. José María Iraburu:

I.-Tradición

-Tradición doctrinal. Es cosa evidente que en la Iglesia actual son muchos los ambientes que no guardan una fiel “continuidad” doctrinal en el desarrollo de la Tradición viva de la Iglesia, sino que viven en una “ruptura” con la Tradición de la Iglesia, siempre unida a Escritura y Magisterio apostólico: se elimina el tema salvación/condenación, predomina visión arriana de Cristo, abundan los planteamientos pelagianos o semipelagianos de la gracia, se niegan diablo, ángeles, purgatorio…

-Tradición litúrgica. Es igualmente evidente que también en las celebraciones litúrgicas hay con gran frecuencia una “ruptura”, no un desarrollo en “continuidad” espiritual respecto a los veinte siglos anteriores de vida litúrgica en Oriente y Occidente. En las Misas de muchas parroquias se da una impresión bien fundamentada de que esto que están celebrando es “otra cosa” de lo que se ha celebrado en la Iglesia siempre y en todas partes.

Por aludir, como ejemplo, a la imagen que has puesto. Jamás en los XX siglos de la liturgia latina y de la oriental, en la gran variedad de ritos habidos en una y otra, se les ocurrió nunca poner a los celebrantes mirando al pueblo (“coram populo”), en lugar de ponerse toda la asamblea “coram Deo”. Jamás tampoco se les hubiera pasado por la cabeza colocar en el presbiterio, a dos metros del altar, bien a la vista, un grupo de cantores cantando y guitarreando. Es “otro mundo” respecto de todas las liturgias habidas en la historia de la Iglesia. Aunque todas ellas han “entendido, vivido y expresado” el misterio eucarístico de modos diversos, todas han coincidido en sus ritos particulares en “un mismo espíritu”. Y en la Iglesia todo lo que no sea fiel a la Tradición, todo lo que no la desarrolle en continuidad (“el Espíritu Santo os guiará hacia la verdad completa”, Jn 16,13) es ruptura, es desviación, es falsedad.

II.-Sacrificio Eucarístico

-El sacrificio eucarístico. La teología de la Eucaristía, de la Misa, ha conocido en los últimos decenios muchos y graves errores, quizá el mayor asimilando el error protestante, que niega el carácter sacrificial de la Misa. Por eso los Papas posteriores al Vaticano II ha puesto tanto énfasis en reafirmar el carácter sacrificial de la Misa. Pablo VI afirma con la fuerza de Pedro: «Nosotros creemos que la Misa… es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares» (Credo del Pueblo de Dios, 1968, 24; cf. Mysterium fidei, 1965). Juan Pablo II da al sacrificio la primacía teológica para la comprensión del Misterio (Ecclesia de Eucharistia, 2003, 11-16). Benedicto XVI afirma que en la Eucaristía «se hace presente el sacrificio redentor de Cristo» (Sacramentum caritatis, 2007, 14; cf. 9-14).

Las liturgias tradicionales de la Eucaristía, en Oriente y Occidente, en docenas de ritos diversos, siempre han sabido todos ellos “vivir y expresar” con signos adecuados que la Misa es ante todo y sobre todo la actualización del mismo sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario. Si en ciertos modos actuales de celebrar la Eucaristía se produce un ambiente excesivo de jolgorio festivo, está claro que se da en ellos una “ruptura” con la tradición litúrgica de la Iglesia, una desviación, un error, una falsificación en la expresión del Misterio sagrado de la redención. Ésa es la causa principal de que un 80% de bautizados, o más, viva -malviva- en un alejamiento crónico de la santa Misa. Como si pudiera darse vida cristiana desvinculada habitualmente de la Eucaristía.

III.-Alegría

“Alegráos, alegráos siempre en el Señor” (Flp 4,4). Cristo ha resucitado. ¿Cómo no vamos a estar alegres los cristianos? Los cristianos hemos de “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp2,5), y Él estuvo alegre, indignado, llorando y abrumado de tristeza, etc.

La Liturgia católica nos ayuda a vivir “todos los sentimientos” de Cristo, no únicamente el de la alegría. Hay en ella cantos “De profundis”, penitenciales, y está el “Exultet”, explosión de gozo. Una liturgia en la que la suscitación y la expresión de la alegría sea absolutamente predominante, o casi exclusiva, es una desviación, una falsificación de la auténtica Liturgia católica. Y rompe, por supuesto, con todas las tradiciones litúrgicas de Oriente y Occidente.

Por otra parte, hay muchos modos y maneras diversas de expresar la alegría espiritual cristiana. Y la alegría litúrgica auténticamente católica tiene una dignidad, una belleza fascinante, muy distinta de los modos profanos de expresar la alegría. Cuando estos modos mundanos invaden la liturgia católica, otra vez estamos ante el error, la desviación, la falsificación.

Contemplemos la alegría de la Liturgia sagrada en el Adviento, en la Navidad, en la Pascua… es de una nobleza y espiritualidad impresionante. Pero miremos incluso cómo se expresa la alegría en la liturgia de Cuaresma, de suyo tiempo penitencial. Y escuchemos, a modo de ejemplo, la Misa de la Dominica “laetare” IV de Cuaresma (Domingo de la Alegría). ¡Qué gozo celestial entra en la tierra por la maravilla de su introito: “Laetare, Jerusalem” (alégrate, Jerusalén)! ¡Qué dignidad y belleza escalofriantes en el gradual, “Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi” (me he alegrado en lo que se me ha dicho)!… Nada que ver con la alegría ruidosa, ramplona, carente de verdadera dignidad y belleza, profana, tan frecuente en nuestras parroquias.

Ruptura patente con los modos tradicionales de la alegría en la liturgia, desviación, error, falsificación.

 

 

 

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Sufragio Universal

Nada más deplorable, en cambio, y opuesto al bien común de la nación, que la representación a base del sufragio universal. Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor. Injusto,pues niega por su naturaleza la estructuración de la nación en unidades sociales (familia, taller, corporación); organiza numéricamente hechos vitales humanos que se substraen a la ley del número; se fun-da en la igualdad de los derechos cuando la ley natural impone derechos desiguales: no puede ser igualel derecho del padre y del hijo, el del maestro y el del alumno, el del sabio y el del ignorante, el del honrado y el del ladrón. La igual proporción, en cambio — esto es la justicia — exige que a derechos desiguales se impongan obligaciones desiguales.

Incompetente, por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos. De parte de los ungidos con veredic-to popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, osea los más incapaces intelectual y moralmente.

Corruptor, porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas deexplotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede sersino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que noconocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realizala propaganda.

Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una personahonrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamosque, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es “simpliciter bonus”,absolutamente bueno. (I – II, q. 82, a. 2 ad 3).

El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelvetodos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobiernopuramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular. Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento,imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan. Pero no advierten quelos vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia,signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista.

Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar toda cuestión bajo el signo de la materia.

Padre Julio Meinvielle – Concepción Católica de la Política

El juramento antimodernista

“Yo, Agustín Alfredo Comoli, abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.

En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.

En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.

En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.

En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido y la misma interpretación. Por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio. Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el depósito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.

En quinto lugar: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades del subconsciente, bajo el impulso del corazón y el movimiento de la voluntad moralmente informada, sino que un verdadero asentimiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente, asentimiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Señor. Más aún, con la debida reverencia, me someto y adhiero con todo mi corazón a las condenaciones, declaraciones y todas las prescripciones contenidas en la encíclica Pascendi y en el decreto Lamentabili, especialmente aquellas concernientes a lo que se conoce como la historia de los dogmas.

Rechazo asimismo el error de aquellos que dicen que la fe sostenida por la Iglesia contradice a la historia, y que los dogmas católicos, en el sentido en que ahora se entienden, son irreconciliables con una visión más realista de los orígenes de la religión cristiana.

Condeno y rechazo la opinión de aquellos que dicen que un cristiano bien educado asume una doble personalidad, la de un creyente y al mismo tiempo la de un historiador, como si fuera permisible para una historiador sostener cosas que contradigan la fe del creyente, o establecer premisas las cuales, provisto que no haya una negación directa de los dogmas, llevarían a la conclusión de que los dogmas son o bien falsos, o bien dudosos.

Repruebo también el método de juzgar e interpretar la Sagrada Escritura que, apartándose de la tradición de la Iglesia, la analogía de la fe, y las normas de la Sede Apostólica, abraza los errores de los racionalistas y licenciosamiente y sin prudencia abrazan la crítica textual como la única y suprema norma.

Rechazo también la opinión de aquellos que sostienen que un profesor enseñando o escribiendo acerca de una materia histórico-teológica debiera primero poner a un costado cualquier opinión preconcebida acerca del origen sobrenatural de la tradición católica o acerca de la promesa divina de preservar por siempre toda la verdad revelada; y de que deberían interpretar los escritos de cada uno de los Padres solamente por medio de principios científicos, excluyendo toda autoridad sagrada, y con la misma libertad de juicio que es común en la investigación de todos los documentos históricos ordinarios.

Declaro estar completamente opuesto al error de los modernistas que sostienen que no hay nada divino en la sagrada tradición; o, lo que es mucho peor, decir que la hay, pero en un sentido panteísta, con el resultado de que no quedaría nada más que este simple hecho—uno a ser puesto a la par con los hechos ordinarios de la historia, a saber, el hecho de que un grupo de hombres por su propia labor, capacidad y talento han continuado durante las edades subsecuentes una escuela comenzada por Cristo y sus apóstoles.

Prometo que he de sostener todos estos artículos fiel, entera y sinceramente, y que he de guardarlos inviolados, sin desviarme de ellos en la enseñanza o en ninguna otra manera de escrito o de palabra. Esto prometo, esto juro, así me ayude Dios, y estos santos Evangelios”.

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El Credo del Incrédulo

19 febrero, 2012 Deja un comentario

CREO en la Nada Todoproductora d’onde salió el Cielo y la Tierra.
Y en el Homo Sápiens su único Hijo Rey y Señor,
Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de Santa Materia
Bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisionado, muerto achicharrado
Cayó en la Miseria,
Inventó la Ciencia
Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.
Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el libre pensante
La Civilización de la Máquina
La Confraternidad Humana
La Inexistencia del pecado,
El Progreso inevitable
La Rehabilitación de la Carne
Y la Vida Confortable. Amén.

Tomado de “Las ideas de mi tío el cura” Leonardo Castellani

 

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